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20/01/2012

Rubén Dario: tradução do conto "La ninfa"

Olá queridos amigos internautas, seguindo as comemorações do aniversário do "Cisne das Américas", Rubén Darío, publicamos a tração deste conto, e desde já registro o meu agradecimento à Michelle, amiga florbeliana e pesquisadora muito competente. Espero que vocês curtam.
Abraços,
Renata Bomfim

O conto selecionado “La ninfa” pertence ao livro Azul..., de Rubén Darío, considerado o marco do modernismo hispano-americano, e em cujos contos se percebe as vertentes da nova estética. O conto “La ninfa” é um conto erótico, rico em elementos míticos e referentes artísticos tanto clássicos quanto recentes, além de contemporâneos a Darío. O clássico e o moderno se mesclam neste conto em uma atmosfera sensual e erótica, em que os personagens, todos artistas, participam desse encontro, tal como num “banquete” grego, em que comem, bebem, conversam, riem, se divertem e se deixam seduzir por sua Lesbia parisiense. A descrição do ambiente requintado, luxuoso e intimista do conto, nos apresenta o impressionismo de forma mais latente na obra dariana. Rubén Darío (1867-1916) é o poeta mais expressivo e representativo do modernismo hispano-americano. Nicaraguense, o poeta teve contato com o “novo” e o “velho” mundo, e tem na poesia francesa uma de suas grandes inspirações, principalmente o romantismo de Victor Hugo e a poesia simbolista de Verlaine. O gosto pelo exótico marcou suas obras de juventude. Azul… (1888) é uma obra de referência desse período, em que erotismo, simbolismo e impressionismo se reúnem. Mas foi com a publicação de Cantos de vida y esperanza (1905), que nos apresenta um Darío mais maduro, que consolidou sua poesia e seu prestígio na Europa. Texto traduzido: Darío, Rubén. Azul... Costa Rica: Educa, 1979.
LA NINFA
CUENTO PARISIENSE

En el castillo que últimamente acaba de adquirir Lesbia, esta actriz caprichosa y endiablada que tanto ha dado que decir al mundo por sus extravagancias, nos hallábamos a la mesa hasta seis amigos. Presidía nuestra Aspasia, quien a la sazón se entretenía en chupar, como una niña golosa, un terrón de azúcar húmedo, blanco entre las yemas sonrosadas. Era la hora del chartreuse. Se veía en los cristales de la mesa como una disolución de piedras preciosas, y la luz de los candelabros se descomponía en las copas medio vacías, donde quedaba algo de la púrpura del borgoña, del oro hirviente del champaña, de las líquidas esmeraldas de la menta.

Se hablaba con el entusiasmo de artistas de buena pasta, tras una buena comida. Éramos todos artistas, quién más, quién menos; y aun había un sabio obeso que ostentaba en la albura de su pechera inmaculada el gran nudo de una corbata monstruosa.

Alguien dijo:

— ¡Ah, sí, Frémiet!

Y de Frémiet se pasó a sus animales, a su cincel maestro, a dos perros de bronce que, cerca de nosotros, uno buscaba la pista de la pieza, y otro como mirando al cazador, alzaba el pescuezo y arbolaba la delgadez de su cola tiesa y erecta. ¿Quién habló de Mirón? El sabio, que recitó en griego el epigrama de Anacreonte: «Pastor, lleva a pastar más lejos tu boyada, no sea que creyendo que respira la vaca de Mirón, la quieras llevar contigo.»

Lesbia acabó de chupar su azúcar, y con una carcajada argentina:

— ¡Bah! Para mí los sátiros. Yo quisiera dar vida a mis bronces, y si esto fuese posible, mi amante sería uno de esos velludos semidioses. Os advierto que más que a los sátiros adoro a los centauros; y que me dejaría robar por uno de esos monstruos robustos, sólo por oír las quejas del engañado, que tocaría su flauta lleno de tristeza.

El sabio interrumpió:

— Los sátiros y los faunos, los hipocentauros y las sirenas, han existido, como las salamandras y el ave Fénix.

Todos reímos; pero entre el coro de carcajadas, se oía irresistible, encantadora, la de Lesbia, cuyo rostro encendido de mujer hermosa estaba como resplandeciente de placer.

— Sí — continuó el sabio —: ¿Con qué derecho negamos los modernos, hechos que afirman los antiguos? El perro gigantesco que vio Alejandro, alto como un hombre, es tan real como la araña Kraken que vive en el fondo de los mares. San Antonio Abad, de edad de noventa años, fue en busca del viejo ermitaño Pablo, que vivía en una cueva. Lesbia, no te rías. Iba el santo por el yermo, apoyado en su báculo, sin saber dónde encontrar a quien buscaba. A mucho andar, ¿sabéis quién le dio las señas del camino que debía seguir? Un centauro, “medio hombre y medio caballo”, dice el autor. Hablaba como enojado; huyó tan velozmente que presto le perdió de vista el santo: así iba galopando el monstruo, cabellos al aire y vientre a tierra. En ese mismo viaje, San Antonio vio un sátiro, hombrecillo de extraña figura; estaba junto a un arroyuelo, tenía las narices corvas, frente áspera y arrugada, y la última parte de su contrahecho cuerpo remataba con pies de cabra.

— Ni más ni menos — dijo Lesbia —. ¡M. De Cocureau, futuro miembro del Instituto!

Siguió el sabio:

— Afirma San Jerónimo, que en tiempo de Constantino Magno se condujo a Alejandría un sátiro vivo, siendo conservado su cuerpo cuando murió. Además, viole el emperador en Antioquía.

Lesbia había vuelto a llenar su copa de menta, y humedecía la lengua en el licor verde como lo haría un animal felino.

— Dice Alberto Magno que en su tiempo cogieron a dos sátiros en los montes de Sajonia. Enrico Zormano asegura que en tierras de Tartaria había hombres con sólo un pie, y sólo un brazo en el pecho. Vincencio vio en su época un monstruo que trajeron al rey de Francia; tenía cabeza de perro (Lesbia reía); los muslos, brazos y manos tan sin vello como los nuestros (Lesbia se agitaba como una chicuela a quien hiciesen cosquillas); comía carne cocida y bebía vino con todas ganas.

— ¡Colombine! — gritó Lesbia. Y llegó Colombine, una falderilla que parecía un copo de algodón. Tomóla su ama, y entre las explosiones de risa de todos:

— ¡Toma, el monstruo que tenía tu cara!

Y le dio un beso en la boca, mientras el animal se estremecía e inflaba las narices como lleno de voluptuosidad.

— Y Filegón Traliano — concluyó el sabio elegantemente — afirma la existencia de dos clases de hipocentauros: una de ellas come elefantes.

— Basta de sabiduría — dijo Lesbia. Y acabó de beber la menta.

Yo estaba feliz. No había desplegado mis labios.

— ¡Oh! — exclamé —, ¡para mí las ninfas! Yo desearía contemplar esas desnudeces de los bosques y de las fuentes, aunque, como Acteón, fuese despedazado por los perros. ¡Pero las ninfas no existen!

Concluyó aquel concierto alegre con una gran fuga de risas, y de personas.

— ¡Y qué! — me dijo Lesbia, quemándome con sus ojos de faunesa y con voz callada, para que sólo yo la oyera —, ¡las ninfas existen, tú las verás!

Era un día de primavera. Yo vagaba por el parque del castillo, con el aire de un soñador empedernido. Los gorriones chillaban sobre las lilas nuevas, y atacaban a los escarabajos que se defendían de los picotazos con sus corazas de esmeralda, con sus petos de oro y acero. En las rosas el carmín, el bermellón, la onda penetrante de perfumes dulces; mas allá las violetas, en grandes grupos, con su color apacible y su olor a virgen. Después, los altos árboles, los ramajes tupidos llenos de abejeos, las estatuas en la penumbra, los discóbolos de bronce, los gladiadores musculosos en sus soberbias posturas gímnicas, las glorietas perfumadas cubiertas de enredaderas, los pórticos, bellas imitaciones jónicas, cariátides todas blancas y lascivas, y vigorosos telamones del orden atlántico, con anchas espaldas y muslos gigantescos. Vagaba por el laberinto de tales encantos cuando oí un ruido, allá en lo oscuro de la arboleda, en el estanque donde hay cisnes blancos como cincelados en alabastro, y otros que tienen la mitad del cuello del color del ébano, como una pierna alba con media negra.

Llegué más cerca ¿Soñaba? ¡Oh, Numa! Yo sentí lo que tú, cuando viste en su gruta por primera vez a Egeria.

Estaba en el centro de estanque, entre la inquietud de los cisnes espantados, una ninfa, una verdadera ninfa, que hundía su carne de rosa en el agua cristalina. La cadera a flor de espuma parecía a veces como dorada por la luz opaca que alcanzaba a llegar por las brechas de las hojas. ¡Ah!, yo vi lirios, rosas, nieve, oro; vi un ideal con vida y forma y oí, entre el burbujeo sonoro de la linfa herida, como una risa burlesca y armoniosa que me encendía la sangre.

De pronto huyó la visión, surgió la ninfa del estanque, semejante a Citerea en su onda, y recogiendo sus cabellos, que goteaban brillantes, corrió por los rosales, tras las lilas y violetas, más allá de los tupidos arbolares, hasta perderse ¡ay! Por un recodo; y quedé yo, poeta lírico, fauno burlado, viendo a las grandes aves alabastrinas como mofándose de mí, tendiéndome sus largos cuellos en cuyo extremo brillaba bruñida el ágata de sus picos.

Después, almorzábamos juntos aquellos amigos de la noche pasada; entre todos, triunfante, con su pechera y su gran corbata oscura, el sabio obeso, futuro miembro del Instituto.

Y de repente, mientras todos charlaban de la última obra de Frémiet en el salón, exclamó Lesbia con su alegre voz parisiense:

— ¡Té!, como dice Tartarin: ¡el poeta ha visto ninfas!...

La contemplaron todos asombrados, y ella me miraba, me miraba como una gata, y se reía como una chicuela a quien se le hiciesen cosquillas.


A NINFA
CONTO PARISIENSE

No castelo que recém acabava de adquirir Lesbia , esta atriz caprichosa e endiabrada que tem dado muito o que falar ao mundo por suas extravagâncias, encontrávamo-nos à mesa em até seis amigos. Presidia nossa Aspasia , quem, à ocasião, entretinha-se a chupar como menina gulosa um torrão de açúcar úmido, branco entre as gemas rosadas. Era a hora do chartreuse. Via-se nos cristais da mesa como uma dissolução de pedras preciosas, e a luz dos candelabros se desfazia nas taças meio vazias, onde ficava algo da púrpura da Borgonha, do ouro fervente do champagne, das líquidas esmeraldas da menta.

Falava-se com o entusiasmo de artistas de bom garfo, depois de uma boa comida. Éramos todos artistas, alguém mais, alguém menos, e ainda havia um sábio obeso que ostentava na alvura de uma camisa imaculada o grande nó de uma gravata monstruosa.

Alguém disse:

— Ah, sim, Frémiet !

E de Frémiet passou-se a seus animais, a seu cinzel mestre, a dois cães de bronze que, perto de nós, buscava um o vestígio da peça, outro, como que olhando o caçador, alçava o pescoço e erguia a magrez de sua cauda tesa e ereta. Quem falou de Mirón ? O sábio, que recitou em grego o epigrama de Anacreonte : “Pastor, leva tua boiada para pastar mais longe, a não ser que, crendo que a vaca de Mirón respira, queiras levá-la contigo.”

Lesbia acabou de chupar seu açúcar, e com uma gargalhada argentina:

— Bah! Para mim, os sátiros. Eu queria dar vida a meus bronzes, e se isso fosse possível, meu amante seria um desses vilosos semideuses. Advirto-os que, mais que os sátiros, adoro os centauros , e que me deixaria roubar por um desses monstros robustos, somente para ouvir as queixas do enganado, que tocaria sua flauta, cheio de tristeza.

O sábio interrompeu:

— Bem, os sátiros e os faunos, os hipocentauros e as sereias existiram, como as salamandras e a ave Fênix.

Todos ríamos, mas entre o coro de gargalhadas ouvia-se irresistível, encantadora, a de Lesbia, cujo rosto inflamado, de mulher bela, parecia resplandecer de prazer.

— Sim, continuou o sábio, com que direito negamos aos modernos feitos que afirmam os antigos? O cão gigantesco que viu Alexandre, alto como um homem, é tão real, como a aranha Kraken que vive no fundo dos mares. Santo Antônio Abad , com a idade de noventa anos, foi em busca do velho ermitão Paulo que vivia em uma caverna. Lesbia, não rias. Ia o santo pelo deserto, apoiado em seu cajado, sem saber onde encontrar a quem buscava. De muito andar, sabeis quem lhe deu os sinais do caminho que devia seguir? Um centauro, “meio homem e meio cavalo”, disse o autor, com voz aborrecida; fugiu tão velozmente que logo o santo o perdeu de vista; assim ia galopando o monstro, cabelos ao ar e ventre a terra. Nessa mesma viagem, Santo Antônio viu um sátiro, “homenzinho de estranha figura, estava junto a um arroio, tinha o nariz curvo, a fronte áspera e enrugada, e a última parte do seu corpo malfeito terminava com pés de cabra.”

— Nem mais nem menos, — disse Lesbia. — M. de Cocureau, futuro membro do Instituto!

Seguiu o sábio:

— Afirma São Jerônimo que nos tempos de Constantino Magno um sátiro vivo foi conduzido a Alexandria, sendo conservado seu corpo quando morreu. Além disso, o imperador o viu em Antióquia .

Lesbia voltou a encher seu copo de menta e umedecia a língua no licor verde como faria um animal felino.

— Alberto Magno disse que em seu tempo pegaram dois sátiros nos montes da Saxônia. Enrico Zormano assegura que nas terras da Tartária havia homens com um só pé e um só braço no peito. Vicêncio viu em sua época um monstro que trouxeram ao rei da França; tinha cabeça de cão (Lesbia ria); as coxas, braços e mãos sem pelos como os nossos (Lesbia agitava-se como uma garotinha a quem tivesse sido feito cócegas); comia carne cozida e bebia vinho com toda a vontade.

— Colombine! — gritou Lesbia. E chegou Colombine, uma cadelinha que parecia um floco de algodão. Sua ama a pegou e entre as explosões de riso de todos:

— Pega, o monstro que tinha sua cara!

E lhe deu um beijo na boca, enquanto o animal se estremecia e inflava as narinas cheio de voluptuosidade.

— E Filegón Traliano — concluiu o sábio elegantemente — afirma a existência de duas classes de hipocentauros: uma delas come elefantes.

— Chega de sabedoria — disse Lesbia. E terminou de beber a menta.

Eu estava feliz. Não havia despregado meus lábios.

— Oh! — exclamei — para mim as ninfas! Eu desejaria contemplar estas desnudas dos bosques e das fontes, ainda que, como Acteón , fosse despedaçado pelos cães. Mas as ninfas não existem!

Concluiu aquele espetáculo alegre com uma grande dispersão de risos e de pessoas.

— E daí! — disse-me Lesbia, fuminando-me com seus olhos de faunesa e com voz baixa, a fim de que só eu a escutasse. — As ninfas existem, verás!

Era um dia primaveril. Eu vagava pelo parque do castelo, com o ar de um sonhador petrificado. Os pardais chilreavam sobre as lilases novas e atacavam os escaravelhos que se defendiam das bicadas com suas couraças de esmeralda, com seus peitos de ouro e aço. Nas rosas, o carmim, o vermelhão, a onda penetrante de perfumes doces; mais adiante, as violetas, em grandes grupos, com sua cor aprazível e seu odor virginal. Depois, as altas árvores, as ramagens densas, cheias de abelhas, as estátuas na penumbra, os discóbolos de bronze, os gladiadores musculosos em suas soberbas posturas atléticas, os alpendres perfumados cobertos de trepadeiras, os pórticos, belas imitações jônicas, cariátides todas brancas e lascivas, e vigorosos telamões da ordem atlântica, com largas costas e gigantescas coxas. Vagava pelo labirinto de tais encantos quando ouvi um ruído, lá no escuro do arvoredo, no lago onde há cisnes brancos, como que cinzelados em alabastro, e outros que têm a metade do pescoço da cor de ébano, como uma perna alva com meias negras.

Cheguei mais próximo. Sonhava? Oh, Numa ! Eu senti o que tu sentiste quando viste Egeria , em sua gruta, pela primeira vez.

Estava no centro do lago, entre a inquietude dos cisnes espantados, uma ninfa, uma verdadeira ninfa, que submergia sua carne rósea na água cristalina. O quadril, a flor de espuma, parecia, às vezes, dourado pela luz opaca que chegava pela brecha das folhas. Ah, eu vi lírios, rosas, neve, ouro; vi um ideal com vida e forma e ouvi, entre o borbulhar sonoro da linfa ferida, uma espécie de riso burlesco e harmonioso, que me fez arder o sangue.

De repente, fugiu a visão, surgiu a ninfa do tanque, semelhante a Citerea em sua onda, e recolhendo seus cabelos, que gotejavam brilhantes, correu pelos rosais, por detrás das lilases e violetas, mais além dos densos arvoredos, até se perder, ai, numa curva! E fiquei eu, poeta lírico, fauno burlado, vendo as grandes aves alabastrinas zombando de mim, estendendo-me seus longos pescoços em cuja extremidade brilhava brunida a ágata de seus bicos.

Depois, aqueles amigos da noite passada, almoçávamos todos juntos; e entre nós, triunfante, com sua camisa e sua grande gravata escura, o sábio obeso, futuro membro do Instituto.

E de repente, enquanto todos falavam da última obra de Frémiet no Salão, exclamou Lesbia com sua alegre voz parisiense:

—Chá!, como disse Tartarín, o poeta viu ninfas!...

Contemplaram-na todos assombrados, e ela me olhava, me olhava como uma gata, e ria como uma menina a quem fizeram cócegas.

A TRADUTORA: Michelle Vasconcelos Oliveira do Nascimento é Mestre e Doutora em Literatura Comparada pela Universidade Federal do Rio Grande do Norte, onde estuda literatura portuguesa e hispano-americana do início do século XX. Entre seus interesses está a poesia erótica, poesia feminina e mitocrítica. Atualmente conclui graduação em Língua Espanhola na Universidade Federal de Rio Grande, onde reside desde 2007.

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