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31/10/2013

El Rostro y mi retrato (Pedro Sevylla de Juana)

Vi el rostro que intento retratar,
por vez primera
cuando el rostro sonreía.
Eran las once y media o quizás
unos minutos antes, porque suelo
adelantarme en las citas.

Apareció su sonrisa
abriéndose
desperezándose
como recién levantada
del sueño más profundo,
dispuesta a tomar un café de la variedad
conilon
por supuesto, espiritosantense:
o melhor fruto da Terra.

Sus ojos, Ah! sus ojos
sus ojos se informaban de la marcha de los
acontecimientos:
mi llegada entre otros.
Azules sin serlo
grises sin serlo
hubiera querido unos ojos marrones
pero así es el rostro y así hay que tomarlo.

Sus ojos iluminaban el entorno cercano
y, tal vez, el remoto
pasillos opuestos de su laberinto,
imposibles escaleras que remontaban
hacia abajo y descendían remontando.

Sus ojos,
miríadas de kilómetros entre ellos
kilómetros y kilómetros ellos,
estética apreciada desde distancias siderales;
sus ojos indicaban que la sonrisa
incierta y misteriosa
quería lavarse la cara
agua de cascada elevándose:
-el amor es una catarata rampante,
escribí un día-
y así lo confirmó la piel tersa
cuando o pote da beleza eterna iba
embelleciendo
los poros y las células
de ese rostro
cuyo esplendor incendiaba la mañana deslumbrante.

Iluminado el laberinto apareció la llanura de la frente
radiante de reflexiones emocionales
de búsquedas en cientos
de recuerdos y proyectos enlazándose,
en miles de espólios postmorten
existentes y, aún, inexistentes:
palabra y amargura, tósigo y antidotario
hidromiel,
néctar
y ambrosía.

Iluminado el laberinto se iluminaron
los labios
carnosos, carnales
invitando al beso ávido
anhelante.
Los labios -que mis besos desearon
besar- formaban sonrisa
fundida en crisol de tierra fértil
destilada en el alambique de los tiempos
gesto y mohín entre inexperto y lúbrico
alborada del primer instante
de una Creación imperfecta,
de imperfección imperfectiva.

Iluminados los labios se iluminó
la palabra:
pétalos de rosa mecidos por el viento céfiro
polen adherido al largo pico del colibrí capixaba
a la lengua bífida de la serpiente cascabel,
Fiat mágico que todo lo dibuja,
mosaico de letras uniéndose y desplegándose
vitrales filtrando el arcoíris de la pasión humana
rocío de la saliva rociando el liquen
hijo de hongos y algas unicelulares
nieto inicial de la evolución innovadora.

Llegó el rostro enmarcado por los cabellos
cuando el rayo primigenio iluminó el espacio todo
desde las espigas de avena de Valdegayán en Valdepero
hasta la Mata Atlántica de Reluz.
No había nada más en la infinidad.
Admiro la cortina de los cabellos innúmeros
que la mano al desgaire imagina bandera
tenues, cálidos, acogedores
-quisieron mi nariz y mi boca ararlos,
surcarlos, navegarlos-
tierra de promisión limitando el rostro,
inacabado e inacabable.
Deseo recorrer, lengua húmeda,
el desierto-oasis inmenso de la frente
y las cavidades apasionadas de los oídos
lóbulos vivos sensibilísimos;
internarme en la profundidad de la boca
que alcanzaba el centro ígneo
y los impulsos cordiales,
realidad disímil de lo pensado
que va ajustándose día a día a su patrón
equilibrándose.

ES, sí ES, nació. Creció ser vivo, vivificante,
aminoácido esencial, protozoo
danza acuática de cilios y pestañas
aletas, alas
piernas destinadas a la armonía de los giros
de las piruetas en el aire inmóvil y agitado
mar y cielo rompiéndose en arterias
en sangre alada deseosa de fundar colonias
ninfas, faunos y atletas incansables
que corran y recorran la inmensidad repoblándola.

ES, sí ES,-palparían las yemas de mis dedos
milímetro a milímetro, ese rostro integro-
solitario en los abismos
nacido y crecido de su propia energía
pero no hay nadie ni nada más en el Universo
porque ese rostro ocupa el espacio infinito
y el tiempo eterno
porque ese rostro es
EL imaginado ROSTRO DEL UNIVERSO.


PSdeJ, en la mañana del día11 de octubre 2013


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