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11/07/2016

Encuentro en el Círculo (Análisis de la obra de Santiago Montobbio)

Escrito por Pedro Sevylla de Juana


Pedro Sevylla de Juana e Santiago Montobbio

Santiago Montobbio nació en Barcelona en 1966. Es, por tanto, veinte años más joven que yo; así que lo veo desde esa distancia horizontal. La primera vez que tuve noticia de él, fue en Brasil, donde la prestigiosa revista literaria Letraefel, fundada y dirigida por la doctora y profesora de la UFES Renata Bomfim, publicó unos poemas suyos y una prosa poética mía. La iniciativa correspondió a una amiga común, la profesora, escritora, poeta e hispanista Ester Abreu. En la revista de la Academia Espirito-santense de Letras volvieron a encontrarse nuestros trabajos.

A principio de junio lo conocí en persona. Sucedió en Madrid; donde él presentaba sus libros. Al encuentro, propiciado por Ester, llevaba yo mi poemario suma de cuatro poemarios y una novela, desarrollada en Extremadura pero de ambiente catalán. La joven que lo acompañaba, nos hizo una foto con los libros cruzados, testimonio que debíamos a Ester Abreu por el empeño puesto en unirnos en algún lugar de Madrid o Barcelona. Lo primero que descubrí fue un hombre sencillo, un buen hombre; no, mejor aún, un hombre bueno. Un poeta que creía en sus poemas, y se esforzaba lo indecible para difundirlos. En el Círculo de Bellas Artes charlamos amistosamente sobre la escritura, durante el tiempo que el próximo acto poético le permitía; y salimos a la calle de Alcalá conociéndonos de toda la vida.

Por correo recibí, días después, tres gruesos volúmenes que completaban la tetralogía de su regreso poético. “Brasil, sístoles y diástoles”, libro bilingüe en portugués y castellano de poemas y relatos, recién dado a la estampa, fue mi regalo enviado. Nos habíamos intercambiado lo fundamental de nuestras respectivas obras.

En la nota a la edición de los nuevos poemas, escritos veinte años después de publicar con éxito el primer poemario, muestra Santiago su sencillez personal, el decir sincero. Cuenta la manera en que empezaron a fluir los poemas, crecientes en número, en los primeros momentos de la resurrección creadora: hasta medio centenar en un solo día. Se debe destacar que los libros han sido publicados, tras alguna lectura, tal como fueron escritos, sin necesidad de enmienda. También, que fueron publicados en el orden en que nacieron; de modo que al leerlos paseamos con Santiago por Vía Augusta o la Diagonal, nos paramos ante un banco de la calle, nos apoyamos o vemos apoyarse a Santiago en un árbol, o en el libro que lee en la sala de espera del médico. Le vemos concentrarse y escribir como si escribiera al dictado, como si sacara monedas de una hucha vuelta del revés, receptáculo que había ido llenando en esos muchos años de silencio poético.

Al esperar de los lectores nuestra opinión sobre su poesía, consciente Santiago de que no es él la persona indicada para interpretarse, por formar parte del poema y no querer ser juez y parte; al pedirnos la opinión nos está pidiendo noticia del efecto causado, la consecuencia de su poesía en nosotros. Y no es por egoísmo sino como información para saberse, para conocerse, para estar seguro de si lo que hace está bien o debe mejorar. En el fondo, lo entiendo así en esos primeros poemas, busca su transcendencia en el decir, no solo en lo dicho. Es el poema un síntoma, una señal, un indicio; además de un fluido que escapa. Es hálito vital y respiro a un tiempo, es soplo y resuello para Santiago el poema, cuando el autor se confiesa en esos papeles sencillos que reciben los versos en cualquier instante, día o noche. Es lava sulfurosa a veces el poema, a veces es sueño o despertar inocente.

Y si sucediera que Montobbio solo ha escrito un poema de cuatro volúmenes gruesos…
Pero no, no es eso: el poeta es el niño que se desliza por el tobogán, triste porque el descenso acaba; y es el tobogán que siente no poder alargar su inclinación. El dolor, como el poema, es presagio, es reflejo, es prueba que evidencia una existencia incierta o insegura. El dolor está en el no estar, en el no llegar, en el no alcanzar; y en última instancia en el temor a no ser. Llenar los días con los días produce sosiego pero, también, desasosiego; porque, ¿cuántos días quedan para llenar los días restantes? El poema es flecha que lleva el dolor lejos, arrancándolo del corazón, que es arco. Oh, la metáfora de la vida en Santiago…, que bella metáfora, llena, a su vez, de vida. Tomando formas diversas, bailando en la calistenia de las mariposas, la metáfora de la vida se produce, se reproduce y se alimenta de ese yo poético, que salta y se yergue inseguro en el brusco despertar de los sueños inconclusos. El dolor para Montobbio es antídoto, revulsivo que defiende del roce continuo del tiempo, y del temor a que el tiempo deje de fluir suavemente, infiel a su compromiso de eternidad.

Los cuatro tomos de la colección El Bardo de Poesía, numerados 30,36 39 y 40, escritos por Santiago Montobbio, se diferencian, más que por el grosor, por el color de la cubierta. Son colores planos, serios, resistentes. Las letras de título, autor y editorial, todas ellas mayúsculas, forman bloque en rectángulo vertical. En blanco el título central. Aparentan solidez, pero, también, hermetismo. Es como si se ocultara el contenido hasta la lectura. Es como si la lectura de esos poemas fuera un acto subrepticio. Y es posible que lo sea en el concreto caso de los versos de Santiago: intimidad violada la lectura: esa es, con frecuencia, la impresión que tengo al leerlos.

Retrato en gris: blanco y negro, mezclados. Búsqueda de la aguja en el pajar, sabiendo que la aguja, una vez encontrada, resulta ser de oro, y entrecruza hilos de oro sujetando las letras en las palabras, las palabras a los versos, los versos a las estrofas y las estrofas a los poemas, versos primero y último, resquicio y cerrojo. Gris dominante de la amanecida; sus versos son rayos de sol dispersos sobre la colcha nocturna. En el fondo de la cueva, hay una fiera herida por colmillos desconocidos. Osadía de la timidez que se sabe capaz de morder la propia soledad hasta convertirla en el otro. El otro es uno múltiple en los versos de Montobbio. Y si el otro fuera un lugar esquivo…, pero no: silente, respira para hacer notar su presencia indefinida. No obstante, ese lugar esquivo existe, se agita buscando el espacio preciso para anidar, cual ave que sabe llegado el momento de incubar la postura. Ida y vuelta en una misma trayectoria: cansancio y deseo de seguir hacia una nada que se confunde con el todo, dos lados, acaso, de una misma moneda reiteradamente acuñada.

La biografía de Montobbio, parece estar escrita en hexámetros deconstruidos intencionadamente: posterior sencillez de lo cotidiano,  simplicidad del complejo día a día, vista desde el hoy tolerante con lo antiguo. Nos presenta Santiago a la madre, al padre, a la hermana; nos dice sus diálogos, nos dibuja sus espacios; y todo ello casi sin palabras. Un amor también deja vislumbrar en el otro. Una amiga, y algunas personas más, que parecen personajes de Las señoritas de Avignon, pintadas por Picasso. Quizá Carmelita, quizá no. Una amiga de la hermana que pone al poeta con los pies en el suelo. La simplicidad del relato que Santiago Montobbio hace de su vida, me trae a la memoria los poemas de mi amigo, enorme poeta boliviano, Gabriel Chávez Casazola, algunos de cuyos poemas llevé al portugués. Herida y silencio, palabra y humildad, espada que nunca fue desenvainada. El arte como contrapunto, como tabla de salvación en el naufragio. El sueño y el ensueño quitándose y poniéndose las letras comunes o las diferencias sutiles. Insomnio quizá, en una casa enorme y en una niñez viva, equilibrada; que se fue diluyendo en la juventud de los amores, para convertirse en nostalgia intangible tiempo después, mucho tiempo después. Lluvia interior y tierra fértil donde arraigan, crecen, florecen y fructifican los poemas.

Cuando los poemas se encarnan y toman cuerpo, se puede hablar de la forma. Porcelana de Sèvres, ánforas griegas recuperadas de un naufragio, cúmulos y nimbos antropomórficos. La naturalidad los convierte a mi vista en aquellos utensilios de cocina, arcilla cocida en horno de leña, que el alfarero exponía para la venta en el Callejón de Castaño de Valdepero. Un ritmo suave de cantiga, un decir pausado de quien habla de lo suyo con amor ya sedimentado. Versos cortados, no con la tijera inaugural, sino con el rasgado lento de la madre que coloca un apósito sobre la herida recién abierta del hijo. El tamaño del poema no es cosa del albur, si no de la intensidad. La intensidad hace de los poemas breves, poemas penetrantes. Y es cosa de la premura, convirtiéndolos en poemas urgentes. Bajo la apariencia de primer verso, los títulos de los poemas son declaración de intenciones, promesas; también asomos, vislumbres, ayudas, resumen del contenido. Los últimos son ciertamente concluyentes, punto final y firma. Y en el centro hay cangilones de noria, que van trasegando el agua surgida en el manantial hasta las acequias de riego.

El alpinista triunfante respondió, cuando le preguntaron la razón de escalar ese pico tan alto: “Subí, porque me parecía inaccesible”. Esa es una de las razones, que me impulsaron a indagar en los versos cuantiosos de Santiago Montobbio.

PSdeJ El Escorial a 8 de Julio de 2016

TODOS ESTOS VERSOS RÁPIDOS
y que casi no dicen nada,
escritos sin pensar y en
un momento, en una pequeña
libreta, en la playa.
Suelto el verso y traza
libre y espontáneo su camino.
Quizá produzca algún
encuentro, o de pronto sienta
un hallazgo entre los dedos.
Un hallazgo, una luz,
una nube, un sueño.
Algo que al encontrarlo
sé que espero. Que preciso,
y para vivir lo quiero.
Quizá así suceda, y por esto
suelto el verso en su camino
y lo ando rápido, deprisa
los escribo y los anudo,
por si me dicen al final
de este camino, me dicen
a mí mismo o me traen
algo, ese sueño o ese
hallazgo que para
vivir preciso. Yo escribo
y bordeo siempre
un abismo. Tintinea
una última música
en su precipicio. Y escribo,
digo, maldigo. Anuncio
todo, nada, el vivir entero
o a mí mismo. El arte
es tanteo, tintineo, temblor
sentido en ese abismo. Y el viento
que lo siente y lo transporta,
lo lleva al final
de las sombras.
Y te nombra. Rápido
acabo y me despido, como
en la playa escribo. Cualquier
final es también
un precipicio, y cualquier
principio. El poema
se desvive en sus motivos.
Y yo me consumo
como un lirio, en el agua
ya seca de la espera, en el espejo
fatigadísimo del cielo, nube
o sueño allí encontrados, horizonte
que en el verso
sin buscar trazo.
Y eres tú, y soy yo, y el poema
entero es un hallazgo, y en él
me hallo, como el término
indicaba. Me hallo,
y también me acabo. Adiós
dice este verso
final, y su cansancio.

Poema de Santiago Montobbio (De “Sobre el cielo imposible” 2016)

Santiago Montobbio es Licenciado en Derecho y en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona, Profesor de Teoría de la Literatura y Crítica literaria de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED y Académico correspondiente de la Academia Espirito-santense de Letras
Bibliografía
Hospital de Inocentes, Madrid, Devenir, 1989; Ética confirmada, Madrid, Devenir, 1990;«Cartas sin dirección», Suplemento «Artes y Letras», El Norte de Castilla, Valladolid, 1993-1995; Tierras, collection «le tourbillon suspendu», Éditions AIOU, Saint-Etienne-Vallée-Française, France, 1996
La poesía es un fondo de agua marina, El Bardo Colección de Poesía, 2011
Los soles por la noche esparcidos, El Bardo Colección de poesía, 2013
Hasta el final camina el canto, El Bardo Colección de poesía, 2015
Sobre el cielo imposible, El Bardo Colección de poesía, 2016

Pedro Sevylla de Juana es publicitario, conferenciante, traductor, articulista, poeta, ensayista, crítico y narrador. Ha publicado veinticuatro libros, y colabora con diversas revistas de Europa y América, tanto en lengua española como portuguesa.

Publicó en mayo de 2016, el libro “BRASIL, Sístoles y diástoles” de poemas y relatos, edición bilingüe en portugués y castellano de Editorial Verbum.

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