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21/07/2016

La alquimia del ser en Luna Mojada, de Francisco de Asís Fernández (por Renata Bomfim e tradução de Sérgio de Castro)


 La obra poética Luna Mojada (2015), edición bolingüe, del escritor nicaragüense Francisco de Asís Fernández, desafía el lector para que se aventure. El libro, con treinta y ocho poemas, le da forma a una especie de Cosmogonía poética donde los valores femeninos, masculinos e instintos básicos se mezclan creando nuevos mundos. Inicio mi mirada a esa obra por la pintura en acrílico sobre tela del artista plástico colombiano Mario Londoño (1954), escogida como portada. En esa obra pictórica observamos una mujer acostada sobre un caballo. El cuero desnudo de la hembra se une al del imponente animal, de modo que no podemos diferenciar los hilos de su pelo de la cola del equino. No hay movimiento entre los elementos de la obra, apenas el silencio ruidoso del eco de las voces que necesitan ser escuchadas. La luna, suspendida, asiste al espectáculo de unión entre seres distintos y afines. Considérese al aviso al lector, entraremos en un mundo de sueños inédito, en él que nada es lo que parece ser, pero que, al mismo tiempo lo es a priori. Mundo arquetipo, nocturno, erótico, dual, preñado de ansiedades, abismos y alboradas. La luna, guardadora de los misterios femeninos de la creación, símbolo de la Gran Madre primordial, está húmeda, lista para el gozo y la procreación. Esa obra nos arremete a un lugar intersticial en el que coexisten el bien y el mal. En el poema de Rubén Darío “Coloquio de los Centauros”, el centauro Ástilo revela la profundidad del misterio poético. Él dice: “El enigma es el soplo que hace cantar la lira”. Así, como informó Ástilo, la enunciación del yo poético en Luna Mojada indica que ese no es un libro de revelaciones, antes, de misterios. Indica que hay un camino que sólo el lector puede recorrer en la intimidad de la lectura, senda iniciática que le permitirá vislumbrar nuevos sentidos y realidades, pues, sondear el verso es ser sondeado por él, es romper con todo, no tener la verdad como horizonte y tampoco el futuro como morada. Es así como el crítico Maurice Blanchot define el poema: “la realización total de la irrealidad”. Deparémonos con el yo lírico expresando la llegada de un tiempo de alegría y gozo posible, apenas, a través del amor. El poema “¿Cómo era las auroras al principio del mundo?” despierta recuerdos de un pasado común y lleno de novedades: “cuando descubrimos el fuego/ y pintamos las cuevas de Altamira”. “Retrato del poeta”, poema que le sigue, indica el surgimiento del principio de la desarmonía, explicitando la existencia de una fisura: “una gotera infame en el techo de mi cabeza”. Pensamientos inundados, ya no hay como resguardar las “memorias, imágenes,/ manías, amores y rencores antiguos,/ que sostenían muchas paredes de papel y de sombras”. Hay también el despertar de una nueva fuerza destructiva y abisal en el cierne de la obra: “En mi cuerpo parece haberse liberado un animal”. Destaco aquí la soledad esencial que emana de la obra literaria. Como afirmó Blanchot (2010), el libro no es la obra, antes, un objeto hecho de palabras estériles. La obra comprende un evento en el cual las palabras se materializan en la intimidad de quien escribe y de quien lee. Así, la palabra tiene su inicio en la inquietud del yo poético. Los sueños fueron derrotados y el escenario es alucinante: “exquisita gota de locura”, los ojos de la mujer hacen recordar la aurora inaugural, “ojos más intensos que las noches del Lower East Side/ y las cataratas del Niágara”. En la duda entre el sueño y la realidad existe apenas una certeza: los ojos de esa mujer “Con tantos sueños derrotados”.

Es en el sueño que el yo poético puede recobrar la antigua unidad. Transportado por el “Ángel de la noche” a lugares espectaculares, vislumbra un “nuevo mundo” donde los seres de las aguas y del aire se juntaban. Ese lugar sin lágrimas y sin dolores no admite el corazón humano, sin embargo, en el poema subsiguiente, titulado “Hay un lugar en el mundo”, vemos la emergencia del nuevo equilibrio entre humanos y no humanos: la intimidad entre el yo poético y los animales revela “la más íntima amistad”, un vínculo de confianza. El yo, solitario, conversa con los pájaros, así se siente que apura sus sentidos y se hacen “más peligrosos que un tigre de Bengala”, por lo tanto, listos para “arrancar la virtud de la vida”.

Hay hambre y sed, necesidades primarias humanas que lanzan el yo en la senda del autoconocimiento, búsqueda que lleva a la epifanía. El yo poético se depara con la belleza de la vida marina y se agita con “el temblor de las estrellas”. Es en el sueño que el deseo de la unidad con el todo se realiza. El poema “Luna Mojada” ratifica el campo onírico como lugar de viabilidad de lo imposible, vivencia arquetípica, primordial, cuna que acoge y trasmuta el muerto, así como la semilla que dormita, preservándole el alma que, en determinado momento, “aflora y parte”. Cumplida esa etapa, el neófito está listo para seguir adelante. Las palabras se extinguieron, la muerte y la vida se extinguieron, resta el despertar y el descubrimiento, “este milagro”.

El ermitaño solitario encuentra el equilibrio dinámico de la vida: “alimentaba su alma con el Don del silencio”, entretanto, por más que el yo se realice en el paraíso de la palabra, existe la tentación del encuentro con el otro: con ella, la mujer que preexiste, resiste, y se hace en inéditos. La hijas de Lót con su belleza y seducción, y la mujer que “era un cadáver antes de morir” revelan rostros del feminismo cuya potencia es capaz de corromper al hombre, hacer pedazos las reglas, desagradar a Dios y dar a luz a nuevos hombres, hijos de un padre/abuelo sin máscaras. Es tiempo de preguntas. ¿A quién dirigírsela? A las estrellas.

El poema “Tamara lírio” expone los instintos, devela de la hembra devoradora, belleza que pisa el suelo sagrado sin ceremonias. El ritual erótico prosigue en “Arcana Fata”. En el centro del paraíso, entre los ríos “Tigris y Éufrates”, el yo poético prepara como ofrenda un “corazón de carbones ardendo”, enseña a hacerse nuevamente uno con la amada al ser devorado y por ella asimilado. Mientras tanto, la consumación antropofágica no fue posible, pues, el yo lírico no supo huis de sí mismo, fue (¿inocentemente?) engañado por sus sentidos.

El elemento fuego surge en el poema “Cloto, Láquesis y Àtropos”. En él, las hilanderas de la vida y de la muerte, señoras del Destino, viajan en un barco en llamas. Ellas chupan “la sustancia esencial” de un cuerpo, prefieren tener como víctimas a los vagabundos y los errantes solitarios. Las hermanas se miran en un pedazo de espejo hecho de mar: juego de imágenes, ilusiones y multiplicidad. El doble especular presente en ese poema reaparecerá en el “Yo también quise la dicha”, en el cual el yo lírico se ve remolcado por una sombre y busca liberarse: “Pero la bala de plata estalló en la cara”. Desfigurado, el yo ve frustrado su ideal de felicidad. ¿Qué hará el hombre con la belleza que abunda? ¿Qué hará Dios en su día de descanso? ¿Dónde estará la imagen real, frente a los escombros del rostro despedazado, de los reflejos y de los fragmentos? Observamos que el poeta emprende una crítica sobre el sentido de la vida, de la creación, de la objetividad de la belleza como metáfora del arte y de la poesía. ¿No sería la duda la quintaesencia de la creación? La Serpiente es la guardiana de ese paraíso de dudas. Perderse en la soledad ee un atributo del poeta, pero, hay un faro, una luz: los ojos de la amada. El poema, “El el íris de tus ojos”, dedicado a la esposa y compañera del poeta, Señora Gloria Gabuardi, vemos la temeridad del instante, el poema enseña que el paraíso no desaparece, cambia continuamente, incluso, concentrándose entero en los ojos y en la palma de, la mano de la mujer. En “Celebración de la Primavera”, las palabras de amor son direccionadas a la amada: “Con ella conocí la agonía de los ríos del desierto”. En “Los hijos de Caín” se establece el embate entre la práctica del bien y la alabanza de los pecados abundante de los “hijos de Caín”. Caín teme ser muerto por Abel y planea asesinarlo. El yo lírico pasa a cultivar obsesiones, se siente una serpiente inútil, sin principio y sin final. El ouroboros, símbolo representado por la serpiente que se devora a sí misma a partir de la propia cola, indica que el yo penetró en el tiempo de la eternidad, del sueño, en el lugar donde encuentra una princesa encantada que alerta sobre la (in)finitud de la vida: “Me fue quedando en todo lo que amé”. En el instante, el yo lírico quiere devorar “estrellas fugaces”, tiene hambre del infinito y comprende que “somos un grano de arena en medio de un desierto azul”, espacios vacíos contemplados por el universo. El yo lírico, “arrancado del silencio de la noche/ del oscuro cielo nocturno lleno de estrellas/  del caos celestial”, contempló la belleza que lo deseaba, necesitando de su mirada.

Observamos que después de la jornada épica de descubrirse a sí mismo a partir del otro, de la alteridad (mujer, animal y elementos celestiales y terrenales), y también siendo visto, el yo poético entona un canto laudatorio a la mujer. No es por un acaso que el poeta dedica los versos a su progenitora, la Señora Rosita Arellano. “Letanías para nuestra señora, la Virgen de la Rosa” cierra el libro de poemas, que es un ruego, una oración por la vida: “Rosa azul que representas milagros y nuevas posibilidades de la vida/ Rosa roja que representas el amor y la pasión”. Así como las Parcas, señoras del Destino y el ouroboros presentes en la obra indican que el poema es una antonimia, instaura lo paradojo, pues, de la misma manera que la vida posee un comienzo y encuentra su final (por la muerte), simbólicamente la serpiente es aplastada por la mujer que hace que ese mismo ser renazca como Otro, trayendo dentro de sí todos los que lo antecedieron: la humanidad entera.

A alquimia do ser em Luna Mojada, de Francisco de Asís Fernández (Renata Bomfim)



A obra poética Luna Mojada (2015), edição bilíngue do escritor nicaraguense Francisco de Asís Fernández desafia o leitor para que se aventure. O livro com trinta e oito poemas da forma a uma espécie de Cosmogonia poética onde valores femininos, masculinos e instintos básicos se misturam formando novos mundos. Inicio o olhar para essa obra pela pintura em acrílica sobre tela do artista plástico colombiano Mario Lodoño (1954), escolhida como capa. Nessa obra pictórica observamos uma mulher deitada sobre um cavalo. O corpo nu da fêmea se une ao do imponente animal, de forma que não podemos diferenciar os fios dos seus cabelos dos da cauda do equino. Não há movimento entre os elementos da obra, apenas o silêncio ruidoso de ecos de vozes que necessitam ser escutadas. A lua, suspensa, assiste ao espetáculo de união entre os seres distintos e afins. Considere-se o leitor avisado, entraremos em um mundo de sonhos inédito, onde nada é o que parece ser, mas que, ao mesmo tempo é à priori. Mundo arquetípico, noturno, erótico, dual, prenhe de ansiedades, abismos e alvoradas. A lua, guardadora dos mistérios femininos da criação, símbolo da Grande Mãe primordial, está úmida, pronta para o gozo e para a procriação. Essa obra nos arremessa para um lugar intersticial onde o bem e o mal coexistem. No poema de Rubén Darío “Colóquio de los Centauros”, o centauro Ástilo revela a profundidade do mistério poético, ele diz: “El enigma es el soplo que hace cantar la lira”. Assim, como informou Ástilo, a enunciação do eu poético em Luna Mojada indica que esse não é um livro de revelações, antes, de mistérios. Indica que há um caminho que apenas o leitor pode perfazer na intimidade da leitura, senda iniciática que lhe possibilitará vislumbrar novos sentidos e realidades, pois, sondar o verso é ser sondado por ele, é romper com tudo, não ter a verdade como horizonte e nem o futuro por morada. É assim que o crítico Maurice Blanchot define o poema: “a realização total da irrealidade[1]”. Deparamo-nos com o eu lírico expressando a chegada de um tempo de alegria e regozijo possível, apenas, por meio do amor. O poema “¿Cómo eran las auroras al pricipio del mondo?” desperta lembranças de um passado comum e cheio de novidades: “cuando descubrimos el fuego/ y pintamos las cuevas de Altamira”. “Retrato del poeta”, poema que o sucede, indica o surgimento do princípio da desarmonia, explicitando a existência  de uma fissura: “una gotera infame en el techo de mi cabeza”. Pensamentos inundados, já não há como se resguardar as “memorias, imagines,/ manías, amores e rencores antiguos,/ que sostenían muchas paredes de papel e de sombras”.  Há também o despertamento de uma nova força, destrutiva e abissal no cerne da obra: “En mi cuerpo parece que se solto um animal”. Destaco aqui a solidão essencial que emana da obra literária. Como afirmou Blanchot (2010), o livro não é a obra, antes, é um objeto feito de palavras estéreis. A obra compreende um evento no qual as palavras se concretizam na intimidade de quem escrever e de quem lê. Assim, a jornada tem início com a inquietação do eu poético. Os sonhos foram derrotados e o cenário é alucinante: “exquisita gota de locura”, os olhos da mulher fazem lembrar a aurora inaugural, “ojos más intensos que las noches del Lower East Side/ y las cataratas del Niágara”. Na dúvida entre o sonho e a realidade existe apenas uma certeza: os olhos dessa mulher “Com tantos soños derrotados”.  
É durante o sonho que eu poético pode recobrar a antiga unidade. Transportado pelo “Angel de la noche” para lugares espetaculares, vislumbra um “nuevo mundo” onde os seres das águas e do ar se juntavam. Esse lugar sem lágrimas e sem dores não comporta o coração humano, entretanto, no poema subsequente, intitulado “Hay um lugar em el mundo”, vemos a emergência de novo equilíbrio entre humanos e não humanos:  a intimidade entre eu poético e os animais revela, “la más intima amistad”, um vínculo de confiança. O eu, solitário, conversa com os pássaros, assim ele sente que seus sentidos são apurados e se tornam “más peligrosos que um tigre de Bengala” e, portanto, prontos para “arrancar la virtude de la vida”.
A busca pela reconciliação entre os opostos e pelo apaziguamento do que há de feroz no humano, põe em cena a morte que, assim como a vida, habita o campo do sagrado. É a morte que “arranca los pedazos de memoria” e pressupõe uma quebra da relação com o mundo ordinário, cotidiano, introduzindo na obra um jogo textual sobre o qual não se tem controle. O eu poético enxerga os esquecimentos e as muitas vidas presentes na morte.
Há fome e sede, necessidades primárias humanas que arremessam o eu na senda do autoconhecimento, busca que leva à epifania.  O eu poético se depara com a beleza da vida marinha e se agita com “el temblor de las estrelas”. É no sonho que o desejo de unidade com o todo se realiza. O poema “Luna Mojada” ratifica o campo onírico como lugar de viabilidade do impossível, vivencia arquetípica, primordial, berço que acolhe e transmuta o morto, assim como a semente que dormita, preserva-lhe a alma que, em dado momento, “aflora e parte”. Cumprida essa etapa, o neófito está pronto para seguir em frente. As palavras se extinguiram, a morte e a vida se extinguiram, resta o despertar e o descobrimento, “este milagro”.
O ermitão solitário encontrou o equilíbrio dinâmico na vida: “alimentaba su alma con el Don del silencio”, entretanto, por mais que o eu se realize no paraíso da palavra, existe a tentação do encontro com o outro: com ela, a mulher que preexiste, resiste, e se performa em inéditos. As filhas de Lót com sua beleza e sedução, e a mulher que “era ya um cadáver antes de morir” revelam faces do feminino cuja potência é capaz de corromper o homem, estilhaçar as regras, desagradar a Deus e dar a luz a novos homens, filhos de um pai/avô sem máscaras. É tempo de perguntas, a quem endereça-las? Às estrelas.
O poema “Tamara lírio” expõe os instintos, desvela o poder da fêmea devoradora, beleza que pisa o solo sagrado sem cerimônias. O ritual erótico prossegue em “Arcana Fata”. No centro do paraíso, entre os rios “Tigris y el Éufrates”, o eu poético prepara como oferenda um “corazón em carbones ardendo”, ele anseia tornar-se novamente um com a amada ao ser devorado e por ela assimilado. Entretanto, a consumação antropofágica não foi possível, pois, o eu lírico não soube fugir de si mesmo, ele foi (inocentemente?) enganado pelos sentidos.
O elemento fogo surge no poema “Cloto, Láquesis y Àtropos”. Nele, as fiandeiras da vida e da morte, senhoras do Destino, viajam em um barco em chamas. Elas sugam “la sustância essencial” de um corpo, preferem ter como vítimas os vagabundos e os errantes solitários. As irmãs se miram em um caco de espelho feito de mar: jogo de imagens, ilusões e multiplicidade.  O duplo especular presente nesse poema reaparecerá no “Yo también quise la dicha”, no qual o eu lírico se vê atrelado a uma sombra e busca libertar-se: “Pero la bala de plata estallo en la cara”. Desfigurado, o eu vê gorado o seu ideal de felicidade. O que fará o homem com a beleza que sobeja? Que fará Deus no seu dia de descanso? Onde estará a imagem real, frente aos escombros da face estilhaçada, dos reflexos e dos fragmentos? Observamos que o poeta empreende uma crítica sobre o sentido da vida, da criação, da objetividade da beleza como metáfora da arte e da poesia. Não seria a dúvida a quintessência da criação? A Serpente é a guardiã desse paraíso de duvidas. O perder-se na solidão é apanágio do poeta, mas, há um farol, uma luz: os olhos da amada. O poema “En el íris de tus ojos”, dedicado à esposa e companheira do poeta, Sra. Gloria Gabuardi, vemos a temeridade do instante, esse poema ensina que o paraíso não desaparece, ele muda continuamente, inclusive, podendo concentra-se inteiro nos olhos e na palma da mão da mulher. Em “Celebración de la Primavera”, as palavras de amor são direcionadas à amada: “Con ella conoscí la agonia de los ríos del desierto”. Em “Los hijos de Caín” instaura-se o embate entre a prática do bem e a louvação dos pecados abundantes dos “hijos de Caín”. Cain teme ser morto por Abel e planeja assassiná-lo. O eu lírico passa a cultivar obsessões, sente-se uma serpentes inútil, sem principio e sem fim. O ouroboros, símbolo representado pela serpente que devora a si mesma a partir da própria cauda, indica que o eu penetrou o tempo da eternidade, do sonho, nesse lugar ele encontra uma princesa encantada que lhe alerta sobre a (in)finitude da vida: “Me fue quedando em todo lo que amé”. No instante, o eu lírico quer devorar “estrelas fugaces”, ele tem fome de infinito e compreende que “somos un grano de arena en medio de un desierto azul”, espaços vazios contemplados pelo universo. O eu lírico, “arrancado del silencio de la noche/ del oscuro cielo nocturno lleno de estrelas/ del caos celestial”, contemplou a beleza a deseja-lo, necessitando de sua mirada.
 Observamos que após a jornada épica de descobrir a si mesmo a partir do outro da alteridade (mulher, animal e elementos celestes e terreais), e também sendo visto, o eu poético entoa um canto laudatório à mulher, não é por acaso que o poeta dedica os versos à sua genitora, a Sra. Rosita Arellano. “Letanias para nustra señora la Virgen de la Rosa” encerra o livro de poemas, ele é um rogo, uma oração pela vida: “Rosa azul que representas milagros y nuevas possibilidades de la vida/ Rosa roja que representas el amor y la pasión”. Assim como as Parcas, senhoras do Destino e o ouroboros presentes na obra indicam que, o poema é uma antonímia, ele instaura o paradoxo, pois, da mesma maneira que a vida possui um começo e encontra o seu fim (pela morte), simbolicamente a serpente é pisada pela mulher que faz com que, esse mesmo ser renasça como Outro, trazendo dentro de si todos os que o antecederam: a humanidade inteira.

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